La obra nace de una acuarela realizada de un cuaderno de viaje, mientras el padre de la artista atravesaba una enfermedad.
En este período, la pintura se constituyó como una práctica vital y sostenida: la producción de pequeños paisajes íntimos que operaban como espacios de contención frente al proceso de despedida.
Esa imagen inicial, pequeña y de circulación privada es posteriormente expandida a una tela de 2,20 x 6,50m y suspendida en el espacio expositivo.
En el cambio de escala lo que fue gesto íntimo deja de ser refugio personal y se desplaza hacia una dimensión compartida, donde el sentido no está cerrado, sino disponible para nuevas lecturas.
Volví a florecer, propone el paisaje como territorio de elaboración del duelo, donde la transformación material de la obra acompaña una transición interior: del gris a la persistencia del color, de la pérdida a una forma de continuidad.