Rocío Cuenca atraviesa los pasajes VII, III y IV. Villa Crespo se está transformando a una velocidad que no da tiempo al duelo. Las fachadas ornamentadas ceden a medianeras nuevas. Los zócalos de mosaico desaparecen bajo capas de cemento liso. Una ciudad que se creía permanente se vuelve, de pronto, efímera.
Ante eso, Rocío responde con el cuerpo. Sus manos imprimen sobre la arcilla la textura de lo que pronto será polvo, y sus acuarelas detienen gestos arquitectónicos que nadie fotografió. El archivo no es documental sino táctil. La huella, en sus piezas, se vuelve forma de duelo y a la vez de florecimiento. Cada pieza es un pasaje del tiempo, suspendido en el instante exacto antes de desaparecer.